
Hay un real peligro cuando llegamos a una meta propuesta, cuando logramos algún éxito. Hay veces que nos esforzamos por alcanzar un objetivo: estudiamos, nos sacrificamos, nos desvelamos. Eso sucede en todos los órdenes de la vida, tanto en el estudio, como en el trabajo, en la construcción de una familia, de una empresa o de una congregación. En esta etapa de la vida, cuando estamos buscando llegar, oramos, pedimos oración, nos consagramos; pero ¿qué pasa cuando llegamos?
Es interesante recordar una frase memorable e impactante de nuestro querido hermano Jorge Pradas, ya con el Señor. Él decía: “No oren por mí cuando me va mal, oren por mí cuando me va bien…” Cuando me va mal estoy humillado, quebrantado, buscando a Dios; pero cuando me va bien, por el orgullo que me produce el logro, corro el peligro de abandonar todo lo que hice cuando me iba mal. Entonces me estanco, dejo de ser bendecido y de bendecir.
¿Cuál es el peligro que enfrentamos cuando llegamos a una meta fijada?
Cuando disfrutamos de la bendición de Dios, cuando vemos crecimiento, cuando hemos logrado llegar a una meta propuesta, el peligro o el riesgo que corremos es acomodarnos, aburguesarnos y quedarnos estancados. Todo lo que no asciende, desciende. Todo lo que no sube, baja. Es imposible mantenerse sin una fuerza que nos eleve.
Debemos tener siempre en cuenta que la meta suprema es llegar a ser como Jesús: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29).
Los discípulos y el avivamiento con Jesús
“Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados; y toda la ciudad se agolpó a la puerta. Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían.
Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba. Y le buscó Simón, y los que con él estaban; y hallándole, le dijeron: Todos te buscan. El les dijo: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido. Y predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba fuera los demonios” (Marcos 1:32-39).
Todos lo buscaban por los milagros.
Estaban en pleno avivamiento.
Ni siquiera tenían que hacer propaganda para que la gente viniera.
Estaban en la cresta de la ola.
Jesús se apartó a orar
Él esperaba las instrucciones del Padre.
No lo movía el éxito.
Tenía muy claro para qué había venido.
La sorpresa de los discípulos ante la decisión de Jesús
Esperaban que Jesús les diga: ¡Nos quedamos!
Anticipaban la fiesta que vendría.
Se estaban acomodando a esa situación privilegiada de ver los milagros y las maravillas que hacía Jesús.
Jesús les dice: Vamos a otros lugares a predicar porque para eso vine. Como dicen los chicos: “la tenía clara”.
Otra tentación de los discípulos
“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte solos a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos. Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos. Y les apareció Elías con Moisés, que hablaban con Jesús. Entonces Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. Porque no sabía lo que hablaba, pues estaban espantados. … Cuando llegó a donde estaban los discípulos, vio una gran multitud alrededor de ellos, y escribas que disputaban con ellos. … Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él. Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndole con violencia, salió; y él quedó como muerto, de modo que muchos decían: Está muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó; y se levantó” (Marcos 9:2-6,14,25-27).
Jesús, brillando con un resplandor celestial, transfigurado delante de ellos.
Moisés y Elías, hablando cosas ocultas que habían de suceder.
La reacción fue instantánea: Hagamos tres enramadas.
Nosotros tres nos quedamos aquí viendo este maravilloso espectáculo.
Jesús los lleva otra vez al valle a predicar y liberar a los oprimidos. Había venido para eso.
Nuestra situación
Comenzamos con sueños, proyectos, ánimo, fe. Nos esforzamos en lograr lo que teníamos en el corazón. La iglesia y la institución crecen. Tenemos prestigio. Nos respetan. Somos escuchados. Hay presencia de Dios en nuestro ministerio. Suceden cosas sobrenaturales. Los salones se llenan. Nos consultan de muchos lados. Llueven invitaciones.
La tentación
Ya llegamos, quedemos así. Perfeccionemos un poco todo y ya está bien, para qué seguir con tanto esfuerzo, hagamos mantenimiento básico. Corremos el riesgo de perder de vista nuestro llamamiento.
El desafío de Jesús
Hay muchos lugares que necesitan el evangelio. El mundo está clamando por ayuda.
Las multitudes siguen dispersan como ovejas sin pastor. Muchos están oprimidos por el diablo.
Vayan, salgan, trasládense a otros lugares, prediquen mi evangelio. Llenen los espacios, en el arte, la política, la ciencia, ¡en todos lados se necesita el mensaje del evangelio del Reino de Dios!
Mantengan esto que han logrado en crecimiento constante, pero asuman nuevos desafíos y nuevas metas. Salgan de la comodidad.
Debemos andar como Él anduvo
“Como Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38).
Gracias a Dios algunos lo están haciendo; están saliendo a otros lugares del mundo y están llenado los espacios vacíos u ocupados por personas que no conocen a Dios ni le temen. Algunos ya se establecieron en otros lugares, otros van, vuelven y siguen aportando aquí, pero están abiertos a ir y quedarse si Dios se los muestra así.
Vive agradecido por lo que Dios te dio, pero no te estanques. Sigue adelante llevando las buenas nuevas por todos lados. Para esto estamos en la tierra. Estemos atentos a la voz del Señor. Sigamos la guía del Espíritu Santo.
Si Dios nos llama digamos: Heme aquí, envíame a mí.
Hugo Baravalle
Presidente de ACIERA